Las playas y las dunas han sido uno de los hábitats naturales más alterados y degradados durante el último siglo, principalmente por el desarrollo urbanístico, la presencia y abundancia de vegetación exótica invasora, plásticos y otros residuos sólidos urbanos, y el desarrollo de un intenso uso público. Todo ello reduce notablemente y pone en riesgo uno de sus papeles más importantes: mitigar los efectos del cambio climático y amortiguar fenómenos meteorológicos extremos como temporales e inundaciones.

